viernes, 27 de febrero de 2009

Universos culinarios

Debates
Según dicen los físicos, somos parte de una rebanada de pan cósmico, en la que nuestro universo formaría, junto con otras rebanadas (otros universos), un gran pan de molde que deberíamos llamar «multiverso».

Curiosamente, la cocina no estaría tan lejos de la física estelar. Los «fogones» y «hornos» cósmicos modelan la materia. Dicho de otro modo: el cosmos en el cual vivimos nos cocina. Por ello quizá sería mejor vernos como «cocineros cocinados»... cocineros que son cocinados mientras guisan.

De ahí que el desafío culinario sea un remedo, una simple aunque suculenta imitación de la gran cocina que es el cosmos, cuyas llamas prendieron a la luz de la chispa del big-bang.

¿Somos coherentes con nuestra condición de cocineros cocinados?

¿Qué aderezos elegiríamos para ese guiso?

Nuestra especie constituye, a escala cosmológica, un guiso casi instantáneo, probablemente esa pizca de sal o el minúsculo grano de pimienta, que acompaña el entrante en un discreto restaurante llamado Tierra. Pero tenemos nuestra grandeza: la capacidad para captar los efluvios de la cocina cósmica por medio de nuestros sentidos.

Los sentidos, sin embargo, no son mecanismos exactos. Requieren distintas formas sensoriales especializadas (como vista, olfato, gusto, ...); dependen de su interconexión (pues en el cerebro comparten las mismas áreas); utilizan una potente interdependencia entre ellos mismos (así, el fallo en un sentido repercute en los demás); potencian la presencia de sentidos en otros sentidos o la multifuncionalidad (tacto y dolor se hallan distribuidos en los demás); tienen funciones difusas (el oído percibe el equilibrio, y el ojo, el tiempo...).

Con este amasijo neuropsicoinmunoendocrinológico —que para simplificar etiquetamos como integridad sensorial—, aprendemos a cocinar. Pero la pregunta no está en qué cocinamos, sino en cómo lo hacemos, si seguimos siendo esas nanomotas cósmicas, polvo de estrellas con capacidad especulativa. Por suerte, el poeta nos lo recuerda con su más famoso soneto, «serán cenizas, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». De nosotros depende, precisamente, que no sólo lleguemos a ser cenizas.

¿De quién depende que resurjamos de los rescoldos?

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