Somos viajeros apenas recién llegados. Abandonamos (hace cuatro días o 150 000 años, que viene a ser lo mismo) por última vez nuestro hogar africano y mientras huíamos hacia nosotros mismos fuimos cocinando el paisaje que la ruta nos presentaba. Y hemos seguido practicando... hasta ahora. En el camino de la evolución, todo aparece como nuevo, proverbial y fugaz. Sólo cargamos con los útiles que la necesidad y el ingenio nos obligan a fabricar. La experiencia culinaria, por tanto, se acumula en el cómo más que en el qué.
Incluso el material con el que conformamos los cuchillos de filetear es fugaz, como el paisaje: hemos tanteado la piedra, el hueso, el bronce, el hierro y un sinfín de productos siderúrgicos.
Pero, entonces, nuestra identidad construida sobre aromas y sabores de todos los caminos, ¿se va conformando a golpes de herrero, como un cazo milenario?, ¿o surge espontáneamente y se agita como las hojas de la zanahoria salvaje?
¿Cocinamos nuestra identidad o cocinamos con nuestra identidad?
En cualquier caso, sólo el viajero necesita adquirir tecnología y con ella, en cualquier rincón del planeta, enciende fuego, recoge cosechas, atrapa viandas y elabora apetitosos bocados que reafirman su vocación de persistir. De marcar el momento y el entorno con un aroma inconfundible a materia culinaria.
Fue el cocinero del Beagle quien aprendió a diseccionar, trinchar y abrir desconocidas fisiologías, con herramientas constantemente innovadas, que restituyó irreconocibles y reinventadas a la metrópoli final de trayecto. Un gran aporte que enriqueció la identidad victoriana, sin necesidad de esperar a las dos décadas que aún tardaría la teoría de la evolución...
La identidad es tecnología. Tecnología próxima que nos libera de la lentitud genética para prosperar y adaptarnos. Tecnología que nos encadena a la voluntad de sentirnos de dónde hemos cocinado la última temporada y de ningún otro lugar... antes de levantar el campamento de los sentidos, en dirección a nuevas identidades.
viernes, 20 de febrero de 2009
El cocinero del Beagle
Publicado por
Diálogos de Cocina
en
10:32 AM
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