El entorno está de moda, los sentidos, a pesar de las apariencias, no.
Nuestra existencia racional transcurre en un continuo cocinar aquello que encontramos a nuestro paso o buscamos con ahínco, según sea la actitud de cada cual.
Cocinar significa transformar. Y, desde la óptica sensorial, transformar el entorno en nuestro beneficio, cabría añadir. Qué razón nos lleva a estar pendientes de lo que se cuece en la marmita, sin prestar atención a la precisión del olfato, que olfatea para la mente que, en último término, construirá una realidad llamada potaje.
Llamamos sensorial al entorno inerte, que carece de color, sabor y olor. De hecho, esos atributos son el código mnemotécnico que el cerebro se ha «inventado» para identificar y clasificar los impactos que le dirigen los receptores sensoriales. La vida ha llenado de colores, sabores y texturas un entorno cruzado de alteraciones en sus propiedades físicas y químicas. Puede sonar a apocalíptico, pero es pura cocina.
Porque ese entorno se altera a capricho (suyo o nuestro) y nosotros, seres vitales, hemos aceptado el juego de sobrevivir e incluso medrar a base de anticiparnos a esas alteraciones, algunas de las cuales pueden vulnerar nuestra seguridad: ¿qué hacer si el entorno tiene los fogones encendidos y se está quemando el caramelo?
Puestos a la defensiva, y convertidos en mentalistas sensoriales, apostamos por cada uno de los próximos movimientos de lo que nos rodea, fiándonos de lo que nos transmiten nuestros sentidos... Y cuando nos equivocamos, se inicia una crisis. No en el entorno, sino en nosotros mismos.
Así, la crisis se gesta cuando el entorno no evoluciona según nuestras previsiones, se activa cuando no comprendemos la nueva posición que adopta y, por tanto, muy probablemente fallaremos en las próximas predicciones, y estalla cuando no disponemos de los resortes necesarios para reconducir el entorno (aunque sólo sea el inmediato) a una posición en la que los mensajes que emita nos sean comprensibles.
La magnitud de la crisis y nuestra indefensión ante ella depende de cuán experta se considere nuestra mente ante tanta incomprensión, y su recorrido.
El cocinero, por mucho que se diga, no es un generador de entornos, sino un gestor de crisis. Un terapeuta de nuestros sentidos que nos propone entornos imaginativos con evoluciones impensables. Alimenta y sacia nuestra sed de información, como si de un entrenador se tratara. Nos nutre de alternativas para encontrar significado a los fracasos (minúsculos o gigantescos) que nos atenazan y nos reconforta con nuevos puntos de partida a base de paisajes maridados de buenos propósitos sensoriales.
Demos un paso más y aprendamos a degustar nuestras perplejidades. ¿Por qué no solicitar a nuestro cocinero de cabecera no el menú, sino esa historia ejemplar, servida en platos como capítulos, que agudizará nuestros sentidos y equilibrará nuestra mente?
viernes, 23 de enero de 2009
Los fogones del entorno
Publicado por
Diálogos de Cocina
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1:28 PM
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