viernes, 16 de enero de 2009

Había una vez... cinco sentidos

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Todo empezó con el tacto, y fue evolucionando, aunque la costumbre, respaldada por la evidencia fisiológica, nos ha llevado a describir durante siglos un escenario con cinco sentidos: gusto, olfato, vista, oído y tacto. Con certeza, aunque sin perder cierta ilusión ante posibles sorpresas, hoy sabemos que ese pentagrama es insuficiente para explicar nuestra eficiencia en captar la complejidad sensorial del entorno. Lo cierto es que es muy simple: siempre hay una interficie, una delgadísima capa sensible que separa los dos mundos, el ordenado y conocido interior, y el caótico y desconocido exterior. Impenetrables a la materia y traslúcidos a la energía, esos sistemas especializados, sensibles sólo a ondas o moléculas muy exclusivas, nos permiten percibir ambos mundos.

No todos los sentidos son iguales, ni igualmente evidentes. Las noticias que nos llegan del exterior son competencia de los sufridos y evidentes «cinco sentidos», que deben soportar de por vida las inclemencias del entorno. Tal vez por ello son los únicos a los que dedicamos atención, consecuencia de que nos permiten devorar las posibilidades que emergen de la despensa.

Cuando los estímulos provienen de nuestro interior, y debemos percibirnos a nosotros mismos, dependemos de los sentidos que captan la presión y concentración de sustancias sólidas, líquidas y gaseosas de las que estamos constituidos (azúcares, sales, oxígeno...). Es algo que escapa al limitado análisis racional, incapaces de detectar pruebas de nuestra existencia más allá de los latidos que nos remite el corazón.

Conciliar mundos tan dispares no deja de ser un objetivo sensorialmente ambicioso, pero contamos para ello con útiles capaces de conseguirlo, y resulta significativo que sea a través de los sentidos del dolor y del equilibrio que conseguimos llegar al compromiso, a la síntesis, permanecer alejados de la violencia que nos infringen ciertos mensajes y manteniendo posiciones referenciales con el medio.

Nueve sentidos para empezar, con los que trabajar, experimentar, inventar, imaginar aquello que somos y aquello que nunca llegaremos a ser. Nueve sentidos que captan sutiles variaciones en la monotonía universal y que envían con insistencia incorruptible impulsos al laborioso cerebro que trabajará, experimentará, inventará e imaginará la realidad... a su convenciencia. Sólo así se explica que alguien se revelara ante el entorno y decidiera hacer fuego para romper la oscuridad, inundar de calor el frío nocturno, perfumar el hedor o cocinar la monotonía.

Nuestros sentidos son aglomeraciones de receptores sensoriales especializados, con el objetivo común de captar alguna prueba del entorno. Al igual que percibimos el perfil sensorial del plato con los sentidos que otean el exterior, ¿somos capaces de percibir las moléculas e información sensorial ingerida con los sentidos que escrutan nuestro interior? ¿Puede un menú devolvernos el equilibrio?

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